domingo, 16 de septiembre de 2007

El hijo pródigo

En este domingo XXIV del tiempo ordinario, el Evangelio nos ofrece las parábolas de la misericordia. Aquí tenéis una interpretación cristológica de la parábola. Es un poco atrevida, pero de gran belleza literaria y de profundidad teológica.

«Él, que no nació de raza humana, ni de deseo humano ni de voluntad humana, sino del mismo Dios, un buen día lo reunió todo y se marchó con su herencia y su título de Hijo. Se fue a un país remoto, a una tierra lejana..., donde se volvió como son los seres humanos y se quedó vacío. Su propia gente no lo aceptaba y su primera cama fue ¡una cama de paja! Creció entre nosotros igual que una raíz en tierra árida, fue despreciado, fue el más insignificante de los hombres, ante quien uno se tapa la cara. Muy pronto conoció el exilio, la hostilidad, la soledad... Después de haberlo gastado todo llevando una vida de abundancia: su valía, su paz, su luz, su verdad, su vida..., todos los tesoros del conocimiento y la sabiduría y el misterio oculto mantenido en secreto desde tiempo inmemorable; después de haberse perdido entre los hijos de la casa de Israel, después de haber dedicado su tiempo a los enfermos (y no a los ricos), a los pecadores (y no a los justos), e incluso a las prostitutas a quienes prometió que entrarían en el reino de su Padre; después de haber sido tratado como si fuera un glotón y un bebedor, amigo de los recaudadores de impuestos y de los pecadores como una samaritana, un poseído, un blasfemo; tras haberlo entregado todo, hasta su cuerpo y su sangre; tras haber experimentado en sí mismo el dolor, la angustia y la inquietud del alma; tras haber tocado el fondo de la desesperación, con la que se vistió voluntariamente al sentirse abandonado por su Padre, lejos de la fuente que mana agua de vida, gritó desde la cruz en la que estaba clavado: “Tengo sed”. Estaba tendido descansando en el polvo y la sombra de la muerte. Y allí, al tercer día, se levantó de las profundidades del infierno al que había descendido, cargado con los pecados y las tristezas de todos nosotros. Y de pie, erguido, gritó: “Sí, me voy al Padre, a vuestro Padre, a mi Dios, a vuestro Dios”. Y volvió a ascender al cielo. Entonces, en el silencio, mirando a su Hijo y al resto de sus hijos, el Padre dijo a los sirvientes: “¡Rápido! Traed la mejor túnica y ponédsela; ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; ¡comamos y celebrémoslo! ¡Porque mis hijos, que, como sabéis, estaban muertos, han vuelto a la vida; estaban perdidos y han vuelto a ser hallados! Mi Hijo pródigo los ha traído de vuelta”. Entonces todos empezaron a festejarlo vestidos con sus largas túnicas, lavados en la sangre del Cordero»[1].

[1] Pierre Marie, Les fils prodigues e le fil prodigue, citado por Henri J. M. Nowen, El regreso del hijo pródigo. Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, PPC Madrid 1999, pp. 62-63.